Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía.
(Derechos de autor, protegidos)
Levantó los brazos mientras con dificultad daba unos pasos. Alzó la voz pero no dijo nada. Era la parafernalia para que escucharan los ruidos de su alma. Pidió silencio de modo que pudieran oír su silencio. Los camaradas no se habían inventado para él, los amigos apenas si eran una ausencia. Sólo la complicidad de ese cuerpo de hembra refulgía recostado sobre la mesita de color gris, en la que descansaban un vaso con un líquido verde y dos guijarros. Él devoró los guijarros, ya que la roca debe nutrirse de roca, y dio de beber al cuerpo de hembra la pócima del vaso, pues debía alimentar con magia su complicidad. Cuando la tomó entre sus manos y acarició sus vertebras, la fricción emitió melodías y la luz venció la penumbra. Ahora podía distinguir las olas del mar golpeando el arrecife, tratando de alcanzar el hechizo de su conexión. Cuando temblaron sus manos, cesaron las caricias y los ruidos del alma se disolvieron. Ya no hubo brillo, ya no se veía el mar. Hoy, el manipulador de silencios permanece sentado, y el cuerpo de hembra, recostado está. Ya no hay guijarros, ya no hay vaso con líquido verde sobre la mesita…sin embargo ambos saben que volverán a copular y su brillo traerá nuevamente al mar golpeando el arrecife… tratando de alcanzar su hechizo…

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