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No hubo más que oídos ciegos mientras el hijo de la luz tarareaba un estribillo bobo. Se había sentenciado un recorrido llano y la musa reclamaría egoísmo.
Aunque procuró no desafinar, la voz le fluía entrecortada, y sus lágrimas surcaron mejillas exentas de dedillos que las contuvieran. Cada lágrima vertida humedecía roca estéril.
Un cristal seguido de otro embrionaron resignación y abonaron marcas de abducción que se tornaron apéndices ¿En qué momento se volvieron remeras? No lo sé…Pero ahora el hijo de la luz tiene las valijas llenas de alas que ansían nubes donde reposar.
¿Ves que es muy fácil matar un ángel?
Más el hijo de la luz modeló su pánico y ya está listo para viajar.
Vino solo, tarareó solo, y solo empezó a aletear.
¿Por qué no aguardaste mi regreso, hijo de la luz?


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