(Derechos de autor, protegidos)
Artifex levantó la mirada hasta donde se lo permitió el techo del incomodo cubículo en el que había permanecido en posición de cuclillas desde cuando su memoria podía recordar. Sus piernas estaban entumecidas, y en sí, todo su cuerpo se mostraba débil, mas su mente pugnaba por evacuar lo que durante todo ese tiempo había almacenado. Ahora estaba lleno de ansias y eso le dio la suficiente fuerza para, de un tirón, fragmentar la cadena que lo hubo mantenido cautivo en ese sucio, asfixiante y oscuro rincón.
A gatas y a tientas, Artifex se deslizó por el estrecho pasadizo hasta llegar a la entrada ¡Qué hermosa se veía la luz de la luna colándose por entre los barrotes que sellaban la entrada! Sus manos acariciaron una a una las barras de hierro, como si se tratara de un ritual, hasta que de pronto, omitiendo su debilidad, tensó sus músculos y tendones y de un empujón derribó la reja.
Afuera hacía frío, pero aún así se le antojaba delicioso. El aire era una caricia para su piel, y la visión de la aldea que se cobijaba metros abajo, en las faldas de la montaña, lo hacían sentirse cómplice de la noche y el viento. Ese preciso instante era el momento para extraer las ideas que durante la pasada eternidad se agolparon en su mente. Lo que abundaba en su entorno eran rocas y Artifex empezó a acarrear rocas, apIlándolas con el frenesí y la prolijidad que había conservado para la ocasión que en todo momento supo esperar.
Cuando creyó haber concluido con su obra, se detuvo a observar la estructura que sus manos, en sociedad con su creatividad y sus ímpetus acababan de parir. Así estuvo durante muchas horas, contemplando y dialogando con su flamante creación casi en un susurro, como si temiera que el sonido pudiera echarla abajo.
Las sombras nocturnas principiaban la huida dando paso al amanecer, cuando Artifex se dio un mordisco en el dedo índice de su mano derecha haciéndole sangrar profusamente. Con el dedo bañado en sangre, y cual si fuese un pincel, Artifex trazó con su propia sangre la palabra “ARTE” en una de las rocas centrales de la estructura pétrea, luego se sentó a un costado a esperar que la gente de la aldea iniciara las faenas del día.
Cuando los aldeanos salieron de sus casuchas, no tardaron en notar las piedras que Artifex había apilado con tanto esmero, corriendo la voz a los rezagados que ante el barullo, iban prorrumpiendo somnolientos, pero curiosos.
El corazón de Artifex, creo, latía a mil pulsaciones por hora, amenazando con desbocársele, producto de la ansiedad. La primera reacción de la muchedumbre fue el silencio, hasta que alguien soltó una risotada. A continuación, las risas de todos los presentes se unieron grotescamente, burlándose de Artifex y su obra.
Artifex no lloró, aunque ganas no le faltaban. Confundido y descorazonado, se encaminó a la entrada de la gruta, se agacho para deslizarse al interior, y así, arrastrándose, retornó al lugar donde estuvo cautivo tanto tiempo…
Jamás, nadie, volvió a saber nada de él…
(Dedicado a todos los artistas del mundo)

No hay comentarios:
Publicar un comentario