Ilustración y prosa de Oswaldo Mejía
(Derechos de autor, protegidos)
Tengo la letra de aquella canción, traspapelada en alguna parte de mi memoria, pero no puedo recordar dónde. Recuerdo que hablaba de la niña delgaducha que conocí en sueños, de sus trencitas azules y de cómo se agitaban al viento cuando bailaba entre copos de nube. Cabriolas por aquí, piernitas de garza por allá, y volteretas bañadas de gracia y candor. Siempre de la mano del dictatorial ritmo y melodía que llegaban como ecos desde la luz misma; esa luz que, complacida, alumbraba el rostro de la niña para luego reflejarse en destellos transitando por sus simpáticas trencitas de intenso color azulado. Ese azul profundo que tiñe el cielo cuando se adentra la noche.
Siempre fue así entre la fugaz eternidad; hasta el día en que la luz se extinguió y ya no hubo más baile. Las piernitas que antes apenas proyectaban dos líneas por sombra, ahora están quietas, y el cuerpecillo de anguila, cesó repentinamente su menear; las trencitas azules no volvieron a bambolearse… Sentada en un oscuro rincón, con las trencitas deshechas, espera que el tiempo pase. Hoy es una mujer… Ha dejado de ser niña.


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