Cual si fuera un ritual, llevaba varias horas peinando su larguísima melena color azabache. Era una sensación en extremo excitante y placentera. Ahora sus cabellos impresos de sedocidad caían sobre sus espaldas y senos desnudos, haciéndole sentirse acariciada, seducida; poseída por un gozo con ribetes masturbatorios. Estimulada por esos roces, empezó a girar su cabeza en sentido horario, cada vez con más frenesí. Sus manos ansiosas no tardaron en empezar el toqueteo de sus turgencias, ampliando su auto satisfacción… hasta que sus labios exhalaron un ¡Oh! Largo y profundo. Se puso de pie, recogió su cabellera en una larga cola, más no la ató a su nuca, sino a su frente, dejándola caer cubriéndole el rostro y parte de su pecho.
Así, a ciegas, se dirigió hacia el umbral. Afuera aguardaba una silenciosa multitud de seres con cabeza de equino. Cada uno de ellos portaba atada al cuello una larga y almidonada corbata color rosado, que contrastaba con sus desnudas pieles en tonos verdes. La ninfa caminó entre ellos, a través de la improvisada pasarela, con la cabeza gacha y lo más recondito de su humanidad expuesta. Sólo llevaba cubiertos, el rostro con su cabellera atada por encima de la frente, y sus piececillos con unos altos tacones, también color azabache.
Los cabeza de equino, con los ojos y boca desmesuradamente abiertos, y babeando de lujuria, siguieron con la mirada el paso bamboleante de sus carnes.

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